Tuesday, June 06, 2006


El juego de los espejos: Una historia secundaria
En mayo de 1988, se produjo la última gran manifestación secundaria en tiempos de dictadura. Nos tomamos varios liceos y ocupamos las calles del centro de Santiago. La consecuencia colectiva fue ayudar al retorno a la democracia; la individual de aquella jornada, mi expulsión del Liceo Amunátegui y una contundente golpiza de parte de Carabineros.

Hace 18 años, nos convocó la voluntad de votar NO en el plebiscito de octubre y así terminar con la dictadura militar. Hace 18 años, seguíamos siendo invisibles para quienes asumieron la transición democrática. Hace 18 años, éramos los niños/jóvenes de Actores Secundarios. Hoy somos hombres visibles e incómodos.


Nuevamente el mes de mayo nos asalta el corazón y nos regala una de las luchas sociales más hermosas de la democracia reciente. Ayer, nuestro imposible era la caída de Pinochet; hoy, el imposible de los secundarios es la justicia social educativa.

Aunque es diferente el contexto en que se desarrolló el movimiento de los ochenta, con los secundarios actuales nos hermana el espíritu de cambio, de justicia y la capacidad de articular acuerdos entre los diferentes actores políticos y sociales que dan vida a las organizaciones. Nos hermana la edad: los tiernos 16 que nos remecen, que nos aplastan, que nos regalan valentía y entusiasmo. Nos hermana la insolencia hacia un universo adulto, confuso y mezquino; nos hermana esa sensación de que se juega la vida en cada una de las acciones que se realizan; nos hermana la seguridad de que el protagonismo es colectivo y no una carrera individual.

La dictadura nos dio una mala vida, nos empujó a defender un bien primario: la vida se nos iba y para otros se fue. Nos impulsó a ocultar los rostros y a asumir una vida clandestina. Nos negó la posibilidad de ser alegres sin que la culpa nos sorprendiera en la noche. La dictadura nos obligó a ser urgentes en nuestras reivindicaciones.


La democracia nos mostró un mundo posible que se frustró - “yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha”...- y entonces nos fuimos decepcionados a los quehaceres ciudadanos: profesión, trabajo, hijos y quizás algo más. Y entonces… nos dijeron que el orden establecido, tal vez podría ser reformado, pero que en su esencia era inamovible.


Hasta que llegaron ellos: unos chiquillos, unos cabros chicos GRANDES, y nos hicieron envidiarles los 16 años que cubren con sus uniformes escolares. Y le dijeron a la sociedad aletargada, que era posible ser más democrático e instalaron las asambleas como órganos resolutivos; que las representaciones institucionales son obtusas y mandaron pa’ la casa a los partidos políticos; que ningún orden ilegitimo es incólume y lograrán cambiar los cimientos del sistema educativo; que la frescura y la inteligencia, en esta pasada, es adolescente y ordenaron a la autoridad; que de la movilización social surgen los cambios favorables a los sectores más desposeídos.

Los secundarios de hoy son los responsables de que la sociedad chilena toda logre unirse en torno a un anhelo común: educación de calidad para todos.


Hace 18 años que no podía decir gracias a un puñado de actores sociales que se las jugara por sus –nuestros- intereses. Y hoy, en los últimos días de mayo, esas “GRACIAS” tienen nombres: César, Karina, Juan, María Jesús, Víctor, Constanza, Diego y Paula, entre tantos otros nombres -estos últimos cuatro, mis sobrinos en la toma de sus colegios-: GRACIAS.

Hoy no sólo han dado ejemplo de organización, franqueza, inteligencia, justeza, flexibilidad y decisión; también están mostrando un camino ético y estético que al país liberará del smog.