Wednesday, November 28, 2007

Dos tiros me mataron como un pájaro.

Dos veteranos, dos truhanes del verso y la palabra, dos hombres que hacen lo suyo, y a veces lo mío, con seducción, alegría y una levedad que se acomoda en las tinieblas luminosas de la vida.

Ese viernes, estuvo dispuesto para que nos cantaran, susurraran, se prestaran melodías y letras, brindaran con mariscos y vino tinto. Nadie faltó a la cita y si algunos lo hicieron, fue por cumplir con otro pájaro cantor, que hacía su faena a unos kilómetros del estadio nacional.

Lo del viernes no fue un listado de canciones, no fue un encuentro distante, virtuoso, admirable; de todo ello hubo, pero lo que sobró fue la provocación, la interpelación a la amistad. Una palabra, un tantito insulsa, demasiado abarcadora para construir (me) una identidad, demasiado vulgar para ser homenajeada. Sin embargo, estos próceres nunca la definieron. Con fluidez la transitaron, la vivieron, nos mostraron la complicidad masculina, el amor a un amigo, a ése que creció a tu lado, intuyendo tus vellos, burlándose de los otros más visibles.

Ese amigo que te devolvió la madre cuando te saliste de ella, aquel que te permitió una infidelidad (no confundir con deslealtad), por una chica de caricias perfumadas, pechos no operados y una profunda mirada que sentenciaba tu abandono futuro.

Amigos que te acompañan la pena en silencio, que el juicio es suspendido si tu juicio no estuvo a la altura. Aquí no se calla otorgando, se abraza reclamando, aquí, de vez en cuando, se juega con la luna, se vuela montado en el mar, uno se pierde en viajes reales e imaginarios, y, sólo algunas veces, se les recuerda, piensa, extraña y olvida, hasta que nuevamente la vida te quita lo cotidiano y te vuelve a dar vida.

Y son los olores, y es la guitarra, cada uno con la suya, todos rasgueándola, tratando de tocarla para que la primavera siguiente, la canción vuelva a cantar. Son ellos mis amigos, lo que son tierra, siempre más abstractos que concretos, siempre tiernos y pequeños, siempre con herencias descaradas, siempre con chascarros descamisados.

Que fracaso es la escuela si no nos enseña la amistad, que fracaso es la familia sino acoge ese despertar, que fracaso es la jerarquía si nos roba el confrontar, que fracaso será el amor si sólo se considera de a dos. De contrabando aparecen los amigos, segmentados, apilados, y entonces, no hay retorno. No hay retorno porque nunca hubo partida, porque el camino es aquel de dos puertos, no hay bifurcaciones ni zigzagueos, siempre estuvo en el horizonte ese beso mejillero, cariñoso, amoroso.

Aquí “mientras más conozco a los hombres”, más quiero a mis amigos, que me disculpen los perros, pero aquel perico se ha equivocado, ellos a vuestro rincón, que desde la cuna en el corazón, siempre estuvo un o unos amigos de pacotillas, dispuestos a regalarte trompadas, sanción y emoción, porque en eso ha consistido esta unión.

Volviendo al concierto de Sabina y Serrat, a la hora de escucharlos, comprendí que esos son los momentos que deben congelarse en la genética de tu emoción. No deben vivirse dos veces, ya lo hice con algunas películas, una vez es suficiente, dos será insuficiente y perturbador. Y como la idea es hacerse la vida, menos perturbadora, conviene no tratar de repetir aquella noche de irresistible conmoción y conformarse con la retención del recuerdo.